el escarabajo cósmico

el mejor remedio contra la diversión

¡Ave Risto!

Imaginemos un anfiteatro romano. En el centro, sólo en la arena, nervioso, indefenso y asustado, un esclavo aspirante a estrella de la música. En el atril, el César y dos peces gordos más, todos ellos tocados por los dioses, quienes les han delegado los poderes para decidir sobre el futuro de los pobres mortales aspirantes a “triunfitos”. Al otro lado de la pantalla, el populacho. Millones de hombres, mujeres y niños sedientos de humillación y de carnaza. El esclavo canta. Lo hace mal. El César le mira. El esclavo mira al César. El César baja el dedo. Se acabó.

Bienvenidos a Operación Triunfo, el anfiteatro de la actualidad, donde la humillación y el morbo se disfrazan de “amor a la música”. Y allí está Risto Mejide, el César, a quien los todopoderosos productores le han delegado el poder de destruir, de la manera más traumática posible, los sueños de los tristes aspirantes a superestrella.

Pese a todo esto, aquí viene mi total apología a Risto. Es cierto que es un ser prepotente, egocéntrico e hiriente hasta decir basta, pero ¿por qué no debería serlo? Es jurado en un programa casposo y cutre como pocos, un programa donde la “ñoñería” se materializa hasta provocar arcadas, y cuyos patéticos concursantes se sienten como en una nube, y lo muestran con constantes besos, abrazos y momentos lacrimógenos. Pues bien, ahí está Risto, para hacerles tocar con los pies al suelo. Tal vez los otros miembros del jurado sean condescendientes y constructivos (ese es su papel), pero Risto actúa como actuaría cualquier productor fuera del “maravilloso mundo de OT”.

Y ahí están los concursantes en cuestión, cual esclavo en Roma, dejándose pisotear y vendiendo su dignidad a cambio de seguir vivos (en el concurso, se entiende). Han elegido la vía fácil y cobarde para llegar a la fama, y eso tiene un precio. Incluso vi en uno de los castings cómo Risto, el César, obligaba a una aspirante a echar al siguiente aspirante para así poder quedarse ella. Todo ello con una macabra soberbia que lo situaba, en esos momentos, a la altura del mismísimo Dios. Y es que a eso es a lo que juega Risto, a ser Dios. Con su poder ilimitado puede juzgar de la manera más hiriente posible a los aspirantes, y eso le divierte. Y lo mejor, divierte al público, al populacho. Y eso le enriquece aún más. Es un círculo vicioso (o virtuoso, según se mire) por el cual, a partir de la dignidad de unos pocos, se generan unos beneficios descomunales. ¡Ave Risto!

Abril 16, 2008 Publicado por Samu | General | , , , , | 3 comentarios